
Quién sea incapaz de discernir en sí mismo la insignificancia de las grandes cosas, estará mal preparado para apreciar la grandeza de las pequeñas cosas en los demás.
Kakuzo Okakura, el autor de El libro del té, podía haber elegido cualquier otro arte japonés como excusa para defender su concepción de la vida y del arte: el ikebana o arte floral, bushido o código de los samuráis o incluso el origami o papiroflexia. Pero el autor elige una práctica, que en occidente se considera marginal y a la que difícilmente se le concedería el rango suficiente como para edificar una teoría estética: la ceremonia del té o Cha no yu. Esta elección es en sí misma una declaración de intenciones porque la esencia de El libro del té consiste en enseñarnos la trascendencia de las pequeñas cosas.
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